Gobernar o anunciar
06 Marzo 2026
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La política argentina encontró hace tiempo una herramienta que funciona siempre: el anuncio. No falla. No requiere demasiado esfuerzo y tiene un efecto inmediato. Se convoca a la prensa, se prepara una buena frase y durante algunas horas parece que todo está cambiando.
El anuncio tiene varias ventajas. Es rápido, genera titulares y transmite la sensación de que el gobierno está haciendo algo. Gobernar, en cambio, es bastante más incómodo: implica resolver problemas, lidiar con presupuestos, gestionar conflictos y, lo peor de todo, mostrar resultados.
Por eso la política Argentina se acostumbró a vivir en el anuncio permanente. Cada semana aparece un nuevo plan que promete cambiar algo importante: ordenar la economía, mejorar la seguridad, simplificar la vida cotidiana o iniciar una transformación histórica. El problema es que muchas veces el anuncio es lo único que existe.
La escena se repite con una precisión admirable. Primero llega la presentación con gráficos, números y palabras que suenan muy bien. Después vienen las entrevistas, las fotos y los mensajes en redes sociales. Y finalmente, cuando el entusiasmo se diluye, llega el momento más complicado: hacer que aquello que se anunció ocurra de verdad.
Ahí es donde la política suele perder el interés.
No es un fenómeno exclusivo de un gobierno o de una gestión. Es casi una tradición nacional. Los anuncios se multiplican, las promesas se acumulan y la realidad sigue esperando.
El problema no es comunicar. Los gobiernos tienen que explicar qué piensan hacer. El problema aparece cuando el anuncio se convierte en el objetivo y no en el comienzo de una política pública.
Porque gobernar no debería consistir en anunciar soluciones, sino en aplicarlas. No debería tratarse de presentar proyectos, sino de terminarlos. No debería ser una sucesión de conferencias de prensa.
Pero en la política argentina el anuncio se volvió una especie de refugio cómodo. Permite mostrar movimiento sin necesidad de moverse demasiado.
Después de todo, anunciar siempre es más fácil que gobernar. Y bastante más rápido también.